Domingo, 20 de mayo de 2012

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Restauración de la Mina de Touro

La mina de Touro, situada en la provincia de A Coruña,  es un yacimiento de sulfuros metálicos entre los que destacan minerales como la pirita (FeS2),
la calcopirita (CuFeS2) y la pirrotina. Esta mina ocupa unas 500 hectáreas y fue explotada desde mediados de los años setenta a finales de los años ochenta para la obtención de cobre a partir de la calcopirita.

La explotación de esta mina, como la de cualquier explotación a cielo abierto, ha provocado una enorme alteración en el paisaje. Pero aquí no acaba el problema del abandono de la mina de Touro, en la que durante muchos años no tuvo lugar ningún tipo de restauración. Debido a que se trata de un yacimiento cuyos minerales son ricos en sulfuros, el abandono a la intemperie de las escombreras, de las cortas verticales y de la balsa de decantación, ha supuesto la oxidación de los minerales que forman el yacimiento y la acidificación, hasta niveles críticos, de las aguas de drenaje. Como consecuencia de estos procesos, el territorio ocupado por la mina se convirtió en un auténtico desierto ácido, que únicamente las bacterias adaptadas a ambientes extremos han sido capaces de soportar. Por otro lado, las aguas de drenaje, también ácidas, llegaron a los afluentes del río Ulla causando una importante contaminación y afectando a los ecosistemas que en él se desarrollan.

Esta situación se mantuvo durante varios años hasta que la empresa compostelana Tratamientos Ecológicos del Noroeste, en colaboración con la Universidad de Santiago de Compostela y con el apoyo de la UE, se decidió a emprender un proyecto de investigación poco común: la restauración de la mina utilizando suelos creados de forma artificial a partir de residuos, los tecnosoles.

Estos suelos han sido fabricados a partir de residuos tan diversos como lodos de depuradora, conchas de mejillón, cenizas, fibra de celulosa o aguas procedentes de la fabricación de aguardiente. Además de cumplir perfectamente las funciones de los suelos naturales, funcionan como correctores de pH, tienen elevada capacidad de retención de agua y son capaces de aportar los nutrientes necesarios para la vida de las plantas. Pero todas las características de los tecnosoles desarrollados, tan adecuadas para contrarrestar el problema de la mina de Touro, no han sido halladas por casualidad. Los investigadores han estado trabajando durante años en diferentes “mezclas”, y en diferentes escenarios de la mina, hasta encontrar los suelos más apropiados. Para ello ha sido fundamental la inversión económica.

Actualmente han sido recuperadas 300 ha. Organismos superiores, como aves rapaces, patos o zorros, viven en el territorio ocupado por la antigua mina, lo que quiere decir que también lo hacen todos los organismos de los que depende su supervivencia. La zona es ahora un ecosistema completo, en el que tiene cabida toda la cadena trófica. Pero ahí no acaba todo, a mediados de este año la Xunta de Galicia aprobó el proyecto de urbanización de suelo industrial en los
terrenos de la antigua mina. Es decir, no solo se ha conseguido restaurar la mina a nivel ecológico, sino que además supondrá un beneficio económico a partir de la creación de un parque industrial.

Todo ello gracias a una “sencilla” idea y a la inversión económica realizada. Pero, ¿cuántas buenas ideas no llegan nunca a convertirse en realidad por falta de inversión? La restauración de la mina de Touro es un buen ejemplo de cómo la financiación de investigaciones relacionadas con el medio ambiente pueden  dar lugar a un bien para toda la comunidad. Por ello, con este artículo se pretende reivindicar las ayudas a la investigación como forma de desarrollo de la sociedad.

Raquel González Ávila

Master en Gestión Integrada EEN